UNA LECCIÓN DE VIDA

Hoy, último día del año, me acuerdo de una historia que me enseñó una lección de vida que considero de vital importancia. Una lección que me hizo plantear si mi actitud estaba siendo la correcta cuando, ante algún suceso negativo, me dedicaba a buscar culpables, evitando asumir mi parte de responsabilidad.

 

Déjame que te cuente la historia: 

 

Cuando Arun Gandhi, uno de los nietos del famoso dirigente indio, sólo era un niño, su abuelo ya era una persona muy reconocida por sus logros. Todos sus nietos sentían una gran admiración por él y aprovechaban cada oportunidad que tenían para pasar tiempo a su lado y aprender de él.

 

El día que invitó a Arun a pasar un sábado con él a la ciudad, éste aceptó sin dudarlo.

 

–Arun, por la mañana podrás acompañarme a todas mis reuniones; por la tarde, tendrás tiempo libre en la ciudad y podrás pasar un rato con tus primos. Pero deberás reunirte conmigo en este mismo punto a las cinco de la tarde. Es muy importante que no llegues tarde.

–Gracias, abuelo. Así lo haré.

 

De camino a casa de sus primos, Arun pasó delante de un cine y, como nunca había estado en uno, decidió cambiar la visita a sus primos por la película. La experiencia resultó fascinante para él pero hubo un problema: se sintió tan cautivado por la película que perdió la noción del tiempo.

 

Gandhi llegó a su cita a la hora acordada: las cinco en punto. Estuvo esperando durante más de una hora sin que su nieto apareciese, por lo que su desesperación aumentaba a cada minuto que pasaba.

 

Arun, cuando salió del cine y fue consciente que pasaban más de treinta minutos de la hora a la que había quedado con su abuelo, comenzó a temblar y salió corriendo como si alguien le persiguiese. No llegó al punto de encuentro hasta pasadas las seis. Al llegar, el rostro de su abuelo reflejaba desencanto y le entró miedo.

 

–Abuelo, lo siento. Los tíos se demoraron con la comida y me pidieron que me quedara a tomar el postre y no supe cómo decirles que no.

 

Gandhi, que ya había hablado con los tíos del muchacho, sabía que le estaba mintiendo y, de alguna manera, Arun lo percibió en el tono de tristeza que adquirió su rostro.

 

–Querido Arun, sólo hay dos formas de interpretar esta situación: la primera es admitir que tú no te has portado bien y que mereces un castigo; la segunda, es concluir que yo te he educado mal y que soy yo el que merezco el castigo. Voy a optar por la segunda.

 

Gandhi decidió que su nieto regresara al pueblo en el coche y que él volvería andando, descalzo y en plena noche. Por supuesto, Arun trató de convencerlo de que no lo hiciera pero su decisión era firme.

 

Si hubiera descargado su frustración con su nieto, la lección le habría durado un día a Arun. Al descargarla sobre sí mismo, consiguió que la lección le durara toda su vida.

 

Este relato me hizo pensar en las razones que hay dentro de la cabeza de una persona cuando te miente.

 

No me gusta la mentira, si me conoces un poco ya lo sabrás. Sobre todo, porque impide en parte el reconocimiento de los errores. Pero, si me pongo en el lugar del otro y pienso qué tiene que pasar para que esa persona llegue a mentirme, llego a la conclusión de que no se trata de un tema de educación sino de miedo.

 

Miedo a defraudar a una persona que quizás admire. Es ese miedo el que le hace fabricar una mentira para evitar ver la decepción en su rostro.

 

La decepción no es algo que se pueda evitar. Y se trata de un sentimiento que atañe gestionar a la persona que se siente decepcionada por haber creado unas expectativas que no se han visto cumplidas.

 

Nadie puede marcar sus expectativas a otra persona y es algo que hacemos continuamente: con nuestra pareja, con nuestros hijos, incluso con nuestros padres. Le marcamos nuestras expectativas al asumir que lo que tienen que hacer es lo mejor para ellos. Y, cuando no se cumplen, porque no eran las suyas sino las nuestras, nos sentimos decepcionados o incluso engañados y mentidos.

 

Si nos adelantamos a esta situación y asumimos que nuestras expectativas no son las suyas y, por lo tanto, no tienen que ser cumplidas, podremos evitar sentirnos defraudados o engañados.

 

Otro aprendizaje de este relato es la reflexión acerca del valor de los castigos. Y es que, si lo pensamos bien, un castigo no aporta nada positivo. Por el contrario, tiene el poder de generar un anclaje de negatividad que derive en miedo. Y el miedo convierte la educación en doctrina.

 

Estarás de acuerdo conmigo, y con Arun, en que el recuerdo de la lección es mucho más potente cuando no existe una culpabilización ni un castigo sino una reflexión acerca de las responsabilidades.

 

Seguro que estarás recordando algún momento de tu vida en el que pusiste tus pesadas expectativas en la espalda de una persona querida. Lo único que puedes hacer ahora es aprender de ello. Aprender que, en determinadas ocasiones, debemos reflexionar más acerca de las responsabilidades y no tanto sobre las culpas. 

 

Te sugiero que te pares un momento, reflexiones y escribas en tu cuaderno qué expectativas estás creando sobre las personas que te rodean. Y, si lo deseas, compártelo conmigo: me encantará.

Será un placer acompañarte desde la Tribu “INVIVEN”. Recuerda que, si no quieres conformarte con las migajas, puedes matricularte en la formación online “INVIVEN “(Instructores de Vivencias en Positivo) que cuenta con el aval de la Universidad Europea Miguel de Cervantes. 

Muchísimas gracias por estar ahí. Si te ha gustado, me encantará que des al “me gusta” y que te suscribas al canal para que no te pierdas ninguna novedad. 

Muchas gracias por compartir y recomendar este podcast y nuestras formaciones a todos aquellos a quienes creas que puede ayudarles. 

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También en el podcast “Lo que siempre quisiste saber”, donde hablamos de sexo y de relaciones de pareja sin pelos en la lengua.

Muchas gracias.

 
 

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